domingo, 6 de noviembre de 2011

Noche de insomnio

Cruzo, pobre de mí, la ciudad solitaria.
A paso vago arrastro los pies de hierro
que Dios me ha otorgado.

¿Quién hay ahí? ¿Hola?
No me queda más remedio que bajar
la mirada ausente por el tiempo.

Reclamo ayuda al cielo oscuro y
obtengo como respuesta una gota
de lluvia ácida entre mis cejas que
taladra el hilo de mis pensamientos.

¿Pero dónde estoy?...

Aullo al crepúsculo y corro con manos
y pies intentando clavar los dientes a
la vida. Pero está fría e insípida.

Por ello me agoto, me dejo rendir.
Tiro mi piel al suelo y dejo que el mundo
fluya bajo mis pies, hacia la propia muerte,
hacia mi temor y tu amor olvidado.

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