jueves, 10 de enero de 2013

Me decías.

Me decías, bien bajito
junto a mi oído, que era
yo, para ti, eternamente.

Y lo creí. Y me hice de 
oro y de luz infinita. Sin
miedo, sin dolor.

Pero no fue así, no
eternamente, nada 
infinito, nada de reluciente
ayer. Desapareciste.
Y vacío quedé, sin miedo,
con dolor, sin un más que ahora,
sin un triste adiós.

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